El mundo a cuestas

Llevo un mundo a cuestas sobre mis espaldas.
 Llevo en mi, miles de recuerdos de todo tipo que nunca podré borrar.
 Algunos de ellos, fueron los que marcaron mi vida en determinado momento, y la cambiaron por completo.
 Y ojalá siempre hubieran sido felices, de esos en los que mires donde mires te acuerdas de que siempre había una sonrisa de por medio, esos que hacen que al recodar nazca una inocente y sincera sonrisa en tus labios...
 Ojalá, la vida siempre fuese así... Pero no.
 La vida te golpea a cada paso que das, recordándote que el camino no lo eliges tú, que es ella quién te lo marca y que si lo aguantas bien, y sino ya sabes dónde esta la salida.
 Esa salida sin rumbo alguno más que el fin en un segundo, en un interminable segundo que te ahoga, te oprime el pecho, y así, mientras te retuerces de rabia en tu propio dolor, mientras tus ojos lloran sangre que como cristales rotos van hiriendo todo a su paso, así, en instantes, todo aquello que se creó para ti, se desvanece.
 Entras en la oscuridad plena, aquella en la que los recuerdos dejan sus formas y sus colores, y se posicionan en tu mente como simples sombras espectrales, que aun atemorizando dan esa sensación de felicidad... 
Ojalá lo hubiese hecho contigo, ojalá no hubiese tenido que ser yo quién se quedase aquí, sin ti, sin tu sonrisa.
 Y ojalá te hubieses quedado, ojalá me hubieses permitido ese lujo de tenerte por un instante más conmigo.
 Ojalá el destino no hubiese arrojado su caprichosa espada sobre la cabeza de los inocentes, y hubiese dado todo lo que nos quitó a aquellos que nunca lo hicieron bien, porque nunca lo intentaron.
 Se que quizás, día a día, minuto a minuto, me voy perdiendo en mis palabras, abandonando el rumbo de la vida.
 Que a días me ofrece glorias y a días desdichas... por eso no soy yo quién la sigue, es ella la que me golpea mientras ando, porque dice que la olvido.
 Porque no me paro, porque nunca miro, porque sigo buscando su voz entre los ecos de la ciudad, porque ando intentando recorrer el camino de sus pisadas, intentando encontrar el rastro de sus huellas que a modo de poema dejó un día en la acera para mi.
 Porque intento no pensar en lo que vendrá, en lo que tendré que asumir si no las encuentro.
Porque no quiero saber lo que son los momentos sin no son contigo, sin revivirlos a tu lado tal y como en los viejos tiempos quedaron marcados. 
Sé que me evado, lo sé. Que suena triste que después de tanto tiempo mi dicha y mi gloria sigan siendo una sonrisa perdida.
 Una sonrisa que se perdió entre los lamentos de los besos afilados, malgastados con unos y aprovechados por otros. Aprovechados para abrir viejas heridas que nunca cicatrizaron, porque nunca dejaron de abrirse. 
No dejaste de herir la piel, no dejaste lo superficial, y muchos menos el interior, no dejaste de golpearlo y no paraste hasta matarlo.

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